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Te cuento mis Cuentos

atiliorgomez@hotmail.com
3/27/2009

Hereje...je,je

HEREJE…je, je   -                      Cuento

Los dos miraron a esa mujer, quien a su vez, los miraba desde la altura en donde se alojaba su retrato. Desde allí, la Dama demostraba su fuerte personalidad a través de una mirada fría, dura, inquisitiva, tan determinada, que parecía aplacar con ella las intenciones de quien quisiera retirar su cuadro.

El Hombre Mayor carraspeó, cortando el silencio que reinaba en la sala. – No tienes que ser como ella, Javier. Debes intentar ser tú mismo. No como ella te moldeó. El Hombre paseó alrededor de la pequeña mesita, en donde posaban los ceniceros y los vasos. Parecía preocupado, llevaba como encadenados sus dedos, trenzados entre sí, a sus espaldas. Y prosiguió: - Pronto seguiré su destino y deberás enfrentar la vida, sólo, sin ayudas. Aquí se detuvo un instante para paladear un cigarro, seguramente, importado de Cuba.

Ella -la acusó-, manejó los negocios a su criterio…y así nos fue. Se lo dije en vida, mas no quiso escuchar mis razones. Aún recuerdo aquel fatídico día en que murió. Porque aún equivocada, no nos faltaba nada, dijo el Hombre mayor mientras se apoyaba en un elegante bastón de madera de ébano. Ahora -continuó-, la responsabilidad de recuperar el patrimonio familiar es tuya, concluyó.

Otro silencio se produjo entonces. – Padre, murmuró el Hombre Joven, ¿de qué”patrimonio” me hablas…? Nuestras propiedades se han fundido. Ya no tenemos sirvientes. Las tejas de esta mansión se caen, partidas al piso y nadie las recoge. La finca…El tabaco ya no es rentable, sin subsidios…Y las deudas nos acosan…

El Hombre Mayor cortó la protesta del Joven. - ¿Y qué piensas hacer?… - Nada… Venderé la finca. Y si no alcanza, venderé el retrato de mi madre…y después...el tuyo. Entonces, el Hombre Mayor advirtió que Javier tenía la mirada fría, dura, inquisitiva, determinada.-

Atilio R. Gómez – 27/03/2009

9/16/2008

La máquina de la Verdad - Mentira

La mAquinaria de la "confesión"

Micro relato

Ya no se oían ruidos en las calles. Dos vigilantes sin uniformes sacaron violentamente al prisionero de la pequeñísima celda. Éste, sin embargo, no se quejó. Desde sendos aparejos montados ex-profeso en el techo, bajaron dos cadenas y en sus extremos amarraron los grilletes. "Una sala de torturas medieval en pleno centro de la ciudad...", pensé. Al preso le gritaron repetidamente, que tenía que poner sus muñecas dentro de las esposas. Parecía estúpido: no comprendía lo que tenía que hacer. Tuvo que deducirlo rápidamente para evitar más golpes. Luego, elevaron su cuerpo mecánicamente, hasta obligarlo a ponerse en puntas de pie.  El reo, quedó colgado, con sus brazos estirados al cielo, pendiendo de los grilletes. Un hercúleo inquisidor le azotó cuantas veces quiso. Su "látigo", era una cadena, forrada con una cámara de bicicleta en desuso. “Así, los golpes en el cuerpo duelen, pero no dejan marcas”, comentó en voz alta un colega, que me vigilaba. Y agregó: “Este rubio es un buen verdugo. Es una máquina de arrancar verdades. Ja, ja, ja". rió sarcásticamente. En tanto, el reo seguía soportando estoicamente cada golpe, en silencio. El energúmeno sabía que estaba siendo observado por sus jefes. Por fin, hastiado de no arrancarle la “confesión” que necesitaba para justificar su trabajo, trepó sobre la espalda del escuálido prisionero y presionó duramente con sus pulgares a la altura del cuello, allí en esa zona en donde la clavícula presenta un hueco. Doy fe que duele mucho. Principalmente, cuando te presiona una rodilla sobre la espalda. Y si la bestia montada sobre ti, es corpulenta… Entonces, el reo lanzó un sonido gutural, como un chillido de animal feroz, que me “lastimó” el corazón. No soporté más y les grité: “¡Asesinos! No le peguen más. ¿No se dan cuenta que es sordomudo?”. Otro vigilante me tapó la boca diciéndome: “¡Silencio! ¡Ahora te toca a vos…!”

6/5/2008

Marcianitos...

Marcianitos…

 Eran aquellos años en que el Hombre intentaba salir de la superficie de la Tierra. Imprudentemente, porque todavía no se disponía de los recursos técnicos de hoy. Por entonces, ni televisión teníamos en las provincias.  El entretenimiento pueblerino residía en juntarse en alguna casa, jugar a las cartas y contar cuentos, preferiblemente de duendes y espantos. Tendría yo unos doce o trece años y entre todos mis amigos, destaco la presencia de quien llamaré “Oscar”. Era flaquito,  inteligente y trabajador. El era un año mayor, pero su cuerpito menudo lo desmentía. Se ganaba la vida lustrando zapatos. Gran conversador,  daba gusto charlar con él largamente de cualquier tema. Como era algo corto de vista le recetaron anteojos. Inevitablemente, la perversidad de la gente lo apodó de “Frondizi”. Lo hallaban parecido al presidente de la República. Un día me dijo: “Ya vas a ver cómo me desquito…”

Al regresar de la ciudad, encontré al pueblo conmocionado. Mujeres que lloraban de sólo estar, ya sea en el almacén o la carnicería. Los hombres intranquilos y nerviosos se peleaban por nada. Aficionados al billar o a las cartas, regresaban al hogar más temprano que de costumbre. Las funciones de cine se suspendieron por falta de público. La capilla rebosaba de fieles. Nunca vi tantas velas encendidas. Algunos pisaban por primera vez el solar santo. 

Pregunté: ¿qué pasa, mamá?  “la gente dice que debajo del Puente, que está a la salida del pueblo, se han visto cosas raras. Un día, pasaba el ómnibus de las 3 de la tarde cuando alguien distinguió pequeñas figuras “casi humanas” que se movían gesticulando. Los pasajeros quedaron aterrorizados”. Los relacionaron con los Ovnis y las noticias del diario.  “Dicen que dos de los seres tenían un color de piel extraño y parejo, otro era más oscuro, que eran enanos y que en la cabeza llevaban algo de color rojo. Cuando los descubrieron, huyeron en dirección del canal principal, pero no los alcanzaron. Dicen que suelen aparecer a la hora de la siesta. ¿Como los duendes? “Sí, aunque otros piensan que son extraterrestres. Por las dudas, no vayas por allí”, concluyó. Esa noche nos reunimos en casa con algunos amigos. Cada uno quería aportar algo nuevo. “Hoy lo comentaron por una radio de la capital”; “dicen que mañana vienen del diario…”; “don Aragón, que fue militar, se dirigió al Regimiento  para pedir ayuda al ejército…” Más tarde, apareció Oscar, desplegó su armónica y con su música las tensiones se liberaron. El no lucía preocupado. Disfrutaba de los dichos de la gente. Al final cuando se marchaban le pregunté. ¿Es que no te importa…? No, me respondió. ¡Que se embromen! Ojalá que los “marcianitos” se los lleven a Marte. Demasiado me joden la vida…ja, ja, ja. Y se retiró tocando su armónica. Mi cabeza bullía…”¿marcianitos”, dijo? ¿Es que acaso no son duendes simples, rurales y corrientes?

Al tomar estado público la novedad, los ómnibus regresaban de la capital repletos de pasajeros. La gente del pueblo se animó un poco más cuando vio llegar a turistas en gran número. Y los curiosos y oportunistas transformaron la única avenida en una gran feria. Las confiterías trabajaban a pleno. Daban turnos para comer. La panadería trabajó el doble. Se acabó la soda y las existencias de cervezas y vino corrían peligro de agotarse. En la E. de S. se terminaba el combustible. Doña Margarita, fabricaba sus famosas empanadas por centenares. Los mellizos Santillán hacían limonada y vendían higos en bolsitas. Las radios de la capital mandaron enviados especiales que interrogaban a los personajes del pueblo. El mentiroso del comisario manifestó a la radio que “la situación está bajo control”, pero reconoció que había pedido refuerzos a la Jefatura de la capital.

Encontré a Toño, hermano menor de Oscar, acompañado de Segundo Saavedra. “Oscar está cansado de tanto trabajo. Pero pidió que le lleváramos más pomada, tinta y un par de cepillos nuevos.” Era sábado. A la siesta, el sol caía a plomo en esa tarde de marzo. Como si fuera una procesión, la gente se dirigió al Puente Negro. No pude resistir la tentación de ver el fenómeno. La gente trepó a los bordes del canal con tal de obtener el mejor lugar. La vegetación abundante que cubría los costados, apenas dejaba ver algo. Y casi puntualmente, los “marcianitos”, aparecieron pero por el lado del camino contrario al esperado. Alguien dio el grito de alerta: “Allá van…” Vi unas siluetas semejantes a chimpancés, moverse velozmente cruzando el curso seco del canal, y perderse en la maraña de la vegetación. Pero no podría asegurar nada.  Eso sí. No tenían aspecto humano. Por esa cosita roja que llevaban en la cabeza…

Esa noche, una mano me tocó el hombro. Era de Oscar.  Le acompañaban Toño y Segundo. Llevaban un diario en la mano. Estaban excitados y asustados: el vespertino tituló a seis columnas que “conmociona la historia de los marcianitos”. Una foto adornaba la nota. La noticia había llegado a la Capital Federal. A oídos del propio presidente Frondizi, casualmente. Y que éste, le pidió al gobernador  que intervenga, antes de que mande al ejército…El gobierno nacional, decía el vespertino, podría intervenir la provincia, inquietos, porque el gobierno provincial no supo manejar el problema originado en un pueblo chico y ahora, decía, “se encontraba amenazada la paz nacional…!” 

 “Su” aventura tenía que terminar. ¿Pero…Son ustedes…? Sí. Sólo querían con divertirse un rato, no esperaban tener esa repercusión. Estaba claro que el juego les podía costar caro, muy caro a mis amigos. Y ellos, asustados, no sabían cómo salir del atolladero.

Yo sonreía satisfecho: ¿Que pensaría el Señor Presidente cuando se entere que el promotor de la broma se llamaba, precisamente; "Frondizi" ?... Se nos ocurrió que lo mejor era “blanquear” rápidamente la situación, contándole todo al comisario. Claro que él tampoco era muy confiable, pero...El jefe policial nos recibió y quedó increíblemente aliviado cuando conoció la verdad.   Pidió comunicación directa con el gobernador. Después de un rato salió de su oficina diciendo que: “Porque son menores de edad y porque no cometieron daños materiales no les daremos ninguna pena, dijo. Pero… ¿no pensaron que alguien podía morir de un infarto o suicidarse ante una situación inmanejable? En ese caso, no sé si seriamos tan generosos, sostuvo. Bien, dijo, déjenme ahora que me dieron mucho trabajo. Ahora mismo salgo para la capital. Debo informar a mi Jefatura. Antes, quiero saber algo, nos dijo: ¿cómo lograron ese color de piel tan raro...  - Ahhhh! Son las medias de nylon oscuras, que mi mamá tira a la basura, dijo Segundo. ¿Y la cabeza roja? preguntó. “¿Te acuerdas de la pelota roja de goma que me regalaste?”, dijo Oscar mirándome. Se partió en dos partes y decidimos usarlas cortadas por la mitad y atarlas a la cabeza… El comisario estaba complacido por haber "resuelto" el caso. Pidió “pruebas”. Le mostramos los gorros de medias y al presenciar el “show” que improvisaron, soltó una carcajada. - ¡Qué tonta que es la gente!, se toman en serio un juego de niños. dijo. Un rato antes él también parecía preocupado.Les sacó una foto a los tres para llevar una “prueba” de su hazaña a la capital. “Así que éstos eran los marcianitos…Marcianos a mí, jo, jo, jo. Cuando se la muestre al gobernador, jo, jo, jo, me ascenderá”.

 Cuando arribamos a la avenida principal, vimos unos muñequitos de extraterrestres recién terminados, con la cabeza colorada, colgando de la ventana de un kiosco. Y niños corriendo a comprarlos. Salíamos rumbo a casa cuando vimos en las carteleras del cine: HOY – “Los Marcianos al acecho” – HOY.  ¿Ves, Oscar?, dijo Toño, ahora todos hacen buenos negocios con nuestros juegos. Esa es la bronca que tengo… 

 La vida miserable de Oscar y sus amigos, seguiría su curso en este pueblo de mierda. Para no llorar, Oscar sacó de su bolsillo la armónica. Y el aire se llenó de música. Nuestro corazón palpitaba al ritmo de las vibraciones. Y los felices cánticos de cuatro pibes sorprendían a los vecinos y a los vendedores de baratijas. Y todas las cosas que veíamos -hasta las piedras- de color gris se tornaron multicolores. Así, con un inocente juego de niños inventado ante la falta de juguetes, movilizamos al poder y por unos días, vencimos la pobreza.-  

Atilio Gómez – Marzo de 2008

El Viejo ferroviario y otros cuentos

El viejo ferroviario          

Cuento

Aquel viaje en colectivo a la ciudad de Tafí Viejo, todos los días a las 5 y cuarto de la mañana, me tenía cansado. No había forma de evitarlo. Debía estar en la oficina a las 6 en punto. Así que madrugaba y caminaba rápido para alcanzar ese ómnibus, cuya frecuencia era de 20 minutos. Con el tiempo, aprendí a reconocer fisonómicamente a las personas que viajaban a la misma hora. Entre ellos, a quien más rápidamente identifiqué, fue a un señor llamado Pedro, quien era empleado veterano en la estación del ferrocarril.

Nunca supe su apellido, y poco  importa porque era casi impronunciable en castellano por su origen polaco, holandés o sueco. Delataban su origen, el color de pelo rubio entrecano, sus ojos celestes, su cara de aspecto teutón, con la quijada cuadrada, bien pronunciada, que intentaba disimular con los poblados bigotes rubios manchados con nicotina. Simpático, era imposible no imaginarlo sonriendo. Levemente gordito, campechano, solía subir al colectivo saludando al conductor con frases irónicas extraídas de su léxico ferroviario: “Coche motor con demora…”, aludía a una pequeña tardanza en el horario del colectivo. O “Coche motor en hooorarioo…” si era puntual. Luego preguntaba: “¿Puedo fumar?” Y sin esperar la respuesta, sacaba un pitillo encendido, quién sabe de dónde y fumaba. Hay otras frases que hoy todavía me divierten, cuando las recuerdo: “Boletos, pases, abonoooosss…” cantaba disimulando, para indicarle al chofer que había un  peligroso inspector de ómnibus en las cercanías- O “A toda máquinaaaaa…”. O bien “Ponga vía libre, señalero” para indicarle al chofer que el peligro de inspección se había alejado. Seguramente merced a esa complicidad gratuita, los conductores del colectivo, le adoraban.

Me resulta difícil imaginarlo sin su sonrisa encubridora. Una vez, un chofer, extrañado porque Pedro no se encontraba en la parada, se bajó del ómnibus, golpeó la puerta de una casa próxima y tras una corta espera, apareció Pedro pidiendo disculpas a todos. Cuando llegamos a la estación ferroviaria, guiñando un ojo me dijo: “Si el jefe me reprende, le diré que anoche estuve de maniobras…”, dejando claro el doble sentido de sus palabras. Al paso de los meses lo fui notando más gordito, como si estuviera algo más hinchado y su andar se volvió más pesado y cadencioso. Tosía y tosía. Bruscamente, comenzó a adelgazar. Su habitual buen humor cambió y a veces se quedaba dormido en el asiento. Otras veces, subió sin saludar y lucía despeinado y desprolijo. Un día le avisó al chofer: “Cacho, mañana no me esperes, por favor. Tengo que ir al médico: “Las unidades viejas deben revisarse periódicamente…Tal vez tenga que renovar las almohadillas del freno, ja, ja, ja…”, decía tomándose la espalda a la altura de sus riñones. Durante un tiempo que hoy no podría precisar, Pedro no apareció. Hasta que un día, inesperadamente, volvió. Se lo veía flaco, triste, una desvencijada copia del Pedro que conocí. O su sombra. Hoy, me parece, que volvió sólo para despedirse. Porque jadeando como un asmático, le dijo al chofer: “Mírame Juan. ¿Soy yo?. No quería creer cuando el médico me indicó que los estudios y análisis no salieron bien. Esta vez hice todo al pie de la letra.  Siempre que me “ajustaba” unos días, el cuerpo rápidamente se normalizaba…Pero ayer… Ayer, los estudios salieron mal…” Pedro sacudió la cabeza, a un lado y otro, negativamente.  - ¿Y qué más te dijo el médico, Pedro…?, preguntó el conductor, tras breve silencio.  Pedro tomó todo el aire que pudo. Con un pañuelo secó un sector brilloso de su mejilla, y contestó resignadamente: - “…Parece que esta unidad carece de repuestos… Coche a galpón…”. Tosió  varias veces y contrariando el pensamiento de los demás pasajeros, lentamente encendió su último cigarrillo, sin ganas de pedirle permisos a nadie. A nadie, carajo.- 

 

Atilio Gómez – Marzo de 2008

El doctor Mendieta está loco, loco, loco      Cuento

Entonces me desperté. Estaba acostado, boca arriba, en una habitación totalmente blanca. ¿Dónde estoy? Sentía mi cuerpo inmovilizado, cuando intenté  incorporarme.  Ahí me di cuenta que mis manos y piernas estaban esposadas, amarradas al respaldo de hierro de la cama. ¡Caray! ¿Qué me habrá ocurrido? Incorporé la cabeza, tanto como pude, al oír los taconazos del zapato de la enfermera. Era de día. Había mucha luz, tal será mediodía, pensé. Una mujer canturreaba un viejo tema. Y sorpresivamente, se abrió la puerta. La enfermera era muy joven y bonita. Después supe que era además, inexperta. Cuando pretendí decirle algo, sentí que la lengua, seca, no me respondía y sólo me salieron unos extraños gemidos. La mente trabajaba, la lengua no. Cuando hablaba, lo hacía con voz imperativa... - Ahhh. Buenos días, señor....Díaz. Por fin despertó, ¿eh? Ya lleva varias horas aquí. Ya vuelvo. No esperó mi respuesta. Regresó canturreando y a los taconazos. En sus manos traía algo. Cuando pude distinguir el objeto, era tarde; ella aprovechó para ponerme un inyectable. Otra vez, el sueño, el pozo y después…Después una larga noche. En el sueño veo que alguien, de una fuerza enorme, me arranca de la casa, otro me ciñe una faja gris sobre los brazos y me echan a una camilla. Escucho una voz pequeñita que grita. Despierto en la sala blanca, desnuda. Sobre una camilla veo una persona que yace, dormida o muerta. ¿Yo también estaré muerto? Tengo mucho sueño…Otra vez la enfermera. Otra vez sus tacos que estallan sobre el piso y en mis oídos como disparos de ametralladora. Escucho voces, que suben de tono. Parece que ella se opone a algo que los desconocidos quieren. – ¡No, no y no! Sin la orden del doctor no le puedo quitar el chaleco de fuerza. Entiéndanme. Yo sólo recibo órdenes. Sólo un médico puede autorizar el Alta Médica. Y luego, cambiando a un tono más suave, pregunta: - ¿Qué síntomas tiene el paciente?¿¡Cómo que no es él!...? La tarjeta de identidad que portaba tenía este nombre… Díaz, Carlos Fabián... Sí, pero... Escucho un rumor de voces que explican algo, pero no entiendo nada. - Bien. Esta tarde a las 3, estará el doctor por acá. El ordenó inyectarlo de nuevo a las 12. Y eso haré, a menos que me muestren una orden judicial. La enfermera ingresó apresuradamente a la habitación. Y amablemente me preguntó: ¿Cómo se siente? Si no me puede responder, mueva la cabeza. De arriba-abajo, sí. Hacia los costados, no. ¿Entendió? Bien. Vamos bien. - Me sentía un monigote. De haber podido hablar, le hubiera dicho…varias cosas. Pero, debo mostrarme dócil…no sea que…Mientras interrogaba, la enfermera revisaba cada tramo de mis amarres. –¿Tuvo usted dolores de cabeza? ¿no? ¿Sufre de hipertensión o presión alta? ¿no? ¿Seguro que no? ¿Suele tener ataques de histeria? ¿no? ¿nunca? ¿Qué remedios toma cuando está nervioso? ¿NADA?… A ver… ¿Cuál es su neurólogo de cabecera? Cuando yo les nombre, usted asiente o niegue: Dr. Castillo, Pereyra, Lucena, Capocetti, Lombardi…¿no? ¿...Ninguno...? ¿Nunca fue al neurólogo? ¿NOOOO? Y dígame… Entonces ¿por qué lo trajeron aquí? ¿No sabe o no le importa? No sabe…Ayyyy, Dios mío... decía, mientras se tomaba la cabeza con ambas manos. 

- Juaaaan. Juaaaannn. Juan, venga por favor. ¿Usted estaba de guardia, anoche, en su puesto de camillero. ¿Síiiii? ¿Qué médico de la guardia recibió al paciente? ¿Y quién decidió la internación? ¿El doctor Mendieta? Tráigame el cuaderno de guardia y la historia clínica, por favor. - Aquí están, Beatriz. Escúcheme, Beatriz. Yo le explicaré lo que sé. Este señor No es la persona que yo traje del campo, en la ambulancia, amarrado. Este señor, creo, es acompañante de un paciente que precisamente, anteayer, fue dado de alta. Debió haberse quedado dormido en la camilla y los del turno noche lo liaron, supongo. Tal vez, confundidos, dejaron escapar al loco y le aplicaron el inyectable a este joven. - ¿Y el paciente del campo? - No, no lo sé. Es decir, sé tanto como usted. - ¡Pero, Juan! Yo vi cuando anoche esta persona se retorcía, gesticulaba, gritaba, y quería soltarse, quitarse las ligaduras… Tenía ataque de demencia…Le apliqué la medicina indicada por el doctor Mendieta… - Beatriz…Beatriz… Mendieta le recetó “Lucidex” 10 mg. Ya no se usa. Por los efectos secundarios. Porque produce alucinaciones. A mí, a usted, a cualquier persona sana… Hace 40 años que trabajo aquí, y siempre pensé igual. No sé porqué algunos doctores veteranos insisten en la medicina antigua. Cuando vi al joven amarrado pensé: ¡Estamos todos locos! ¡Qué quiere que le diga, Beatriz! Yo sólo soy camillero, pero creo que al doctor Mendieta, le falla la cabeza. ¿Qué quiero decir? Que el doctor Mendieta está loco, loco, loco… - ¿Que hacemos, Juan? - Liberar al joven, Beatriz. Al que hay que amarrar es a Mendieta… Y…a un montón más…

Atilio R. Gómez,   Mayo de 2008

 

Una intrusa    Cuento

 

(El testigo) – Ella tuvo la culpa, señor Juez. Desde que ella empezó a trabajar en la oficina desconfié de su conducta. Todo en ella es desorden. No sé cómo pudo ser elegida secretaria. No archiva los documentos en orden numérico, cronológico ni alfabético. Sólo los guarda, quien sabe dónde. Al papel carbónico, ni bien lo usa, lo tira a la basura. Al respecto, nadie podría decir algo en mi contra. Mi conducta fue siempre ejemplar. Mi escritorio siempre estaba limpio. Economicé el uso de los papeles y enseres de la oficina. Jamás dejé sin cubrir la máquina de escribir. Siempre que trabajé defendí la economía de mis jefes y patrones. Por todo ello, la conducta irresponsable de la acusada me pareció sospechosa desde el primer momento.

(El juez, intrigado) - ¿Pero, porqué insiste en culparla? ¿Tuvo o tiene desavenencias con ella por cuestiones laborales u otras?

(El testigo) – Varias veces tuve situaciones discordantes con ella, señor Juez. Para enrostrarle su falta de eficiencia y también para llamar su atención por su conducta personal. Pasaba mucho tiempo aseándose y mirándose en un pequeño espejo que llevaba en su cartera. Lo usaba para mirar disimuladamente a toda persona que ingresaba al local, tal como un espejo retrovisor. Además, señor Juez, ella era la única persona autorizada a ingresar a la oficina del señor Gerente, ¡sin previo aviso!.

(El juez) – Por favor, señor García Martínez. Acláreme. ¿Dijo usted que la Secretaria era la única persona que podía ingresar al lugar del homicidio, sin anunciarse?

(El testigo) – Así es, señor Juez. Bueno, yo también podía ingresar a la oficina, pero antes debía anunciarme...ella. Ese día le llevé el café que pidió el señor Gerente, porque la secretaria estaba “ocupada”...arreglándose las uñas.

(El juez) - ¿Había notado usted alguna relación digamos...extra-laboral, entre ellos?

(El testigo) – Yo no diría eso exactamente. Pero noté que existía cierta camaradería o complicidad entre ellos. O quizá, que compartían algún “secretito”...

(El juez, carraspeó) – Hum! ¿Podría ampliar al respecto?

(El testigo) – Cierto día, la secretaria salió de su despacho muy contenta. Fue el día de su cumpleaños, según consta en la ficha personal. Yo la observaba desde mi escritorio a través del cristal separador, cuando abrió una pequeña caja y con cara de felicidad extrajo unos pendientes dorados o de oro, que inmediatamente se los colocó. Luego sacó el espejito de su cartera y comprobó, complacida, cómo le quedaban.
(El juez) – Bueno, señor García Martínez. Esa es una situación normal entre un gerente y su secretaria...No veo la razón para acusarla a ella como autora del crimen por ese motivo.
(El testigo) – Espere, señor Juez. Ocurre que ese mismo día era el cumpleaños de la esposa del señor Gerente. Recuerde que antes de que ella empiece a trabajar, era yo el secretario administrativo de la empresa y aún conservo un archivo con su fecha de nacimiento...
El señor Juez hizo un largo silencio. Tras una pausa, que duró una eternidad sentenció:
(El juez) – Señor García Martínez, tengo pruebas para acreditar en su contra: dónde y cuando compró el veneno que le puso al café del occiso, según consta en el informe del laboratorio forense. Considero, que usted es el asesino. Sólo usted pudo agregarle un veneno al café. Don García Martínez: irá a prisión por falso testimonio y homicidio en primer grado, con las accesorias que le correspondan por tramitarlo con premeditación y alevosía. Sepa usted que la secretaria, era la esposa del Gerente  (hoy su viuda), y que sólo fue tomada en el empleo porque ya se sospechaba que usted tramaba asesinarlo. No pudimos evitarlo, lamentablemente. La audiencia del juicio será programada para el lunes 15 a las 9. Se levanta la sesión. Policías: llévenselo.-
Atilio R. Gómez – Julio de 2007  ®
 
 

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Atilio Gomez

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Casado, 5 hijos, 2 nietos.
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muy lindos cuento...muy linda tu provincia ...esta tentadora para pasear y descansaar...espero leer mas de tus cuentos..suerte amigo! santi
May 23
ATILIO: ME GUSTAN TUS CUENTOS. ALGUNA VEZ YO ESCRIBÍ ALGUNO. NO SÉ, ANDARÁ PERDIDOS POR LA WEB. AHORA HAGO OTRA TEMÁTICA PERO SE LE PARECE. UN GUSTO.TE AGRAGO ENTRE MIS AMIGOS
May 13
ANDREAwrote:
Que cosa la web... sin conocerte entre en tu espacio y realmente me infundio de luces el alma. Soy de esta loca BsAs, apurada, con humos y tambien gente linda.Estuve en Tucumán el año pasado, sólo un día, en Famailla. Con unas amigas apadrinamos una escuela  de Estación Padilla. Nos digeron que es hermosa esa provincia,con tus fotos y tus palabras pude ver que realmente es así.
Se que todo es posible, que hay mucha gente con valores como la sensibilidad y el amor por su tierra. Gracias por ser uno de ellos.Gracias por permitirme inmiscuirme en tu espacio y compartir...
Un fuerte abrazo desde aquí, gracias por lo bellos cuentos, las imagenes.
Andrea
Apr. 29
ManeKentwrote:
Hola, Atilio: Nuevamente por estos lares, pero hoy solo para saludarte: ¡Que en estas Fiestas renazca el amor y la luz de la esperanza!... Y que la esperanza se transforme en maravillosa realidad para ti y familia.
(María Cristina, la señora del mensaje anterior es una gran amiga ¡¡¡Me sorprendí al ver su mensaje!!! Que misteriosos son los caminos del Señor)
Un cariño muy grande. Espero aceptes la invitación para integrar la lista de amigos en mi Space, muchas gracias!!!
 
Natal Recados Para orkut
Dec. 19
Hola Atilio. He quedado sin plabras al recorrer la paqueña parte ,que muestras, de tu hermosa Privincia.Yo vivo cerca del mar,no me puedo quejar de mi suerte .Esta Argentina es hermosa. un saludo y muy bueno lo que escribis. un saludo.Cris
Oct. 14
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