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    6/5/2008

    El Viejo ferroviario y otros cuentos

    El viejo ferroviario          

    Cuento

    Aquel viaje en colectivo a la ciudad de Tafí Viejo, todos los días a las 5 y cuarto de la mañana, me tenía cansado. No había forma de evitarlo. Debía estar en la oficina a las 6 en punto. Así que madrugaba y caminaba rápido para alcanzar ese ómnibus, cuya frecuencia era de 20 minutos. Con el tiempo, aprendí a reconocer fisonómicamente a las personas que viajaban a la misma hora. Entre ellos, a quien más rápidamente identifiqué, fue a un señor llamado Pedro, quien era empleado veterano en la estación del ferrocarril.

    Nunca supe su apellido, y poco  importa porque era casi impronunciable en castellano por su origen polaco, holandés o sueco. Delataban su origen, el color de pelo rubio entrecano, sus ojos celestes, su cara de aspecto teutón, con la quijada cuadrada, bien pronunciada, que intentaba disimular con los poblados bigotes rubios manchados con nicotina. Simpático, era imposible no imaginarlo sonriendo. Levemente gordito, campechano, solía subir al colectivo saludando al conductor con frases irónicas extraídas de su léxico ferroviario: “Coche motor con demora…”, aludía a una pequeña tardanza en el horario del colectivo. O “Coche motor en hooorarioo…” si era puntual. Luego preguntaba: “¿Puedo fumar?” Y sin esperar la respuesta, sacaba un pitillo encendido, quién sabe de dónde y fumaba. Hay otras frases que hoy todavía me divierten, cuando las recuerdo: “Boletos, pases, abonoooosss…” cantaba disimulando, para indicarle al chofer que había un  peligroso inspector de ómnibus en las cercanías- O “A toda máquinaaaaa…”. O bien “Ponga vía libre, señalero” para indicarle al chofer que el peligro de inspección se había alejado. Seguramente merced a esa complicidad gratuita, los conductores del colectivo, le adoraban.

    Me resulta difícil imaginarlo sin su sonrisa encubridora. Una vez, un chofer, extrañado porque Pedro no se encontraba en la parada, se bajó del ómnibus, golpeó la puerta de una casa próxima y tras una corta espera, apareció Pedro pidiendo disculpas a todos. Cuando llegamos a la estación ferroviaria, guiñando un ojo me dijo: “Si el jefe me reprende, le diré que anoche estuve de maniobras…”, dejando claro el doble sentido de sus palabras. Al paso de los meses lo fui notando más gordito, como si estuviera algo más hinchado y su andar se volvió más pesado y cadencioso. Tosía y tosía. Bruscamente, comenzó a adelgazar. Su habitual buen humor cambió y a veces se quedaba dormido en el asiento. Otras veces, subió sin saludar y lucía despeinado y desprolijo. Un día le avisó al chofer: “Cacho, mañana no me esperes, por favor. Tengo que ir al médico: “Las unidades viejas deben revisarse periódicamente…Tal vez tenga que renovar las almohadillas del freno, ja, ja, ja…”, decía tomándose la espalda a la altura de sus riñones. Durante un tiempo que hoy no podría precisar, Pedro no apareció. Hasta que un día, inesperadamente, volvió. Se lo veía flaco, triste, una desvencijada copia del Pedro que conocí. O su sombra. Hoy, me parece, que volvió sólo para despedirse. Porque jadeando como un asmático, le dijo al chofer: “Mírame Juan. ¿Soy yo?. No quería creer cuando el médico me indicó que los estudios y análisis no salieron bien. Esta vez hice todo al pie de la letra.  Siempre que me “ajustaba” unos días, el cuerpo rápidamente se normalizaba…Pero ayer… Ayer, los estudios salieron mal…” Pedro sacudió la cabeza, a un lado y otro, negativamente.  - ¿Y qué más te dijo el médico, Pedro…?, preguntó el conductor, tras breve silencio.  Pedro tomó todo el aire que pudo. Con un pañuelo secó un sector brilloso de su mejilla, y contestó resignadamente: - “…Parece que esta unidad carece de repuestos… Coche a galpón…”. Tosió  varias veces y contrariando el pensamiento de los demás pasajeros, lentamente encendió su último cigarrillo, sin ganas de pedirle permisos a nadie. A nadie, carajo.- 

     

    Atilio Gómez – Marzo de 2008

    El doctor Mendieta está loco, loco, loco      Cuento

    Entonces me desperté. Estaba acostado, boca arriba, en una habitación totalmente blanca. ¿Dónde estoy? Sentía mi cuerpo inmovilizado, cuando intenté  incorporarme.  Ahí me di cuenta que mis manos y piernas estaban esposadas, amarradas al respaldo de hierro de la cama. ¡Caray! ¿Qué me habrá ocurrido? Incorporé la cabeza, tanto como pude, al oír los taconazos del zapato de la enfermera. Era de día. Había mucha luz, tal será mediodía, pensé. Una mujer canturreaba un viejo tema. Y sorpresivamente, se abrió la puerta. La enfermera era muy joven y bonita. Después supe que era además, inexperta. Cuando pretendí decirle algo, sentí que la lengua, seca, no me respondía y sólo me salieron unos extraños gemidos. La mente trabajaba, la lengua no. Cuando hablaba, lo hacía con voz imperativa... - Ahhh. Buenos días, señor....Díaz. Por fin despertó, ¿eh? Ya lleva varias horas aquí. Ya vuelvo. No esperó mi respuesta. Regresó canturreando y a los taconazos. En sus manos traía algo. Cuando pude distinguir el objeto, era tarde; ella aprovechó para ponerme un inyectable. Otra vez, el sueño, el pozo y después…Después una larga noche. En el sueño veo que alguien, de una fuerza enorme, me arranca de la casa, otro me ciñe una faja gris sobre los brazos y me echan a una camilla. Escucho una voz pequeñita que grita. Despierto en la sala blanca, desnuda. Sobre una camilla veo una persona que yace, dormida o muerta. ¿Yo también estaré muerto? Tengo mucho sueño…Otra vez la enfermera. Otra vez sus tacos que estallan sobre el piso y en mis oídos como disparos de ametralladora. Escucho voces, que suben de tono. Parece que ella se opone a algo que los desconocidos quieren. – ¡No, no y no! Sin la orden del doctor no le puedo quitar el chaleco de fuerza. Entiéndanme. Yo sólo recibo órdenes. Sólo un médico puede autorizar el Alta Médica. Y luego, cambiando a un tono más suave, pregunta: - ¿Qué síntomas tiene el paciente?¿¡Cómo que no es él!...? La tarjeta de identidad que portaba tenía este nombre… Díaz, Carlos Fabián... Sí, pero... Escucho un rumor de voces que explican algo, pero no entiendo nada. - Bien. Esta tarde a las 3, estará el doctor por acá. El ordenó inyectarlo de nuevo a las 12. Y eso haré, a menos que me muestren una orden judicial. La enfermera ingresó apresuradamente a la habitación. Y amablemente me preguntó: ¿Cómo se siente? Si no me puede responder, mueva la cabeza. De arriba-abajo, sí. Hacia los costados, no. ¿Entendió? Bien. Vamos bien. - Me sentía un monigote. De haber podido hablar, le hubiera dicho…varias cosas. Pero, debo mostrarme dócil…no sea que…Mientras interrogaba, la enfermera revisaba cada tramo de mis amarres. –¿Tuvo usted dolores de cabeza? ¿no? ¿Sufre de hipertensión o presión alta? ¿no? ¿Seguro que no? ¿Suele tener ataques de histeria? ¿no? ¿nunca? ¿Qué remedios toma cuando está nervioso? ¿NADA?… A ver… ¿Cuál es su neurólogo de cabecera? Cuando yo les nombre, usted asiente o niegue: Dr. Castillo, Pereyra, Lucena, Capocetti, Lombardi…¿no? ¿...Ninguno...? ¿Nunca fue al neurólogo? ¿NOOOO? Y dígame… Entonces ¿por qué lo trajeron aquí? ¿No sabe o no le importa? No sabe…Ayyyy, Dios mío... decía, mientras se tomaba la cabeza con ambas manos. 

    - Juaaaan. Juaaaannn. Juan, venga por favor. ¿Usted estaba de guardia, anoche, en su puesto de camillero. ¿Síiiii? ¿Qué médico de la guardia recibió al paciente? ¿Y quién decidió la internación? ¿El doctor Mendieta? Tráigame el cuaderno de guardia y la historia clínica, por favor. - Aquí están, Beatriz. Escúcheme, Beatriz. Yo le explicaré lo que sé. Este señor No es la persona que yo traje del campo, en la ambulancia, amarrado. Este señor, creo, es acompañante de un paciente que precisamente, anteayer, fue dado de alta. Debió haberse quedado dormido en la camilla y los del turno noche lo liaron, supongo. Tal vez, confundidos, dejaron escapar al loco y le aplicaron el inyectable a este joven. - ¿Y el paciente del campo? - No, no lo sé. Es decir, sé tanto como usted. - ¡Pero, Juan! Yo vi cuando anoche esta persona se retorcía, gesticulaba, gritaba, y quería soltarse, quitarse las ligaduras… Tenía ataque de demencia…Le apliqué la medicina indicada por el doctor Mendieta… - Beatriz…Beatriz… Mendieta le recetó “Lucidex” 10 mg. Ya no se usa. Por los efectos secundarios. Porque produce alucinaciones. A mí, a usted, a cualquier persona sana… Hace 40 años que trabajo aquí, y siempre pensé igual. No sé porqué algunos doctores veteranos insisten en la medicina antigua. Cuando vi al joven amarrado pensé: ¡Estamos todos locos! ¡Qué quiere que le diga, Beatriz! Yo sólo soy camillero, pero creo que al doctor Mendieta, le falla la cabeza. ¿Qué quiero decir? Que el doctor Mendieta está loco, loco, loco… - ¿Que hacemos, Juan? - Liberar al joven, Beatriz. Al que hay que amarrar es a Mendieta… Y…a un montón más…

    Atilio R. Gómez,   Mayo de 2008

     

    Una intrusa    Cuento

     

    (El testigo) – Ella tuvo la culpa, señor Juez. Desde que ella empezó a trabajar en la oficina desconfié de su conducta. Todo en ella es desorden. No sé cómo pudo ser elegida secretaria. No archiva los documentos en orden numérico, cronológico ni alfabético. Sólo los guarda, quien sabe dónde. Al papel carbónico, ni bien lo usa, lo tira a la basura. Al respecto, nadie podría decir algo en mi contra. Mi conducta fue siempre ejemplar. Mi escritorio siempre estaba limpio. Economicé el uso de los papeles y enseres de la oficina. Jamás dejé sin cubrir la máquina de escribir. Siempre que trabajé defendí la economía de mis jefes y patrones. Por todo ello, la conducta irresponsable de la acusada me pareció sospechosa desde el primer momento.

    (El juez, intrigado) - ¿Pero, porqué insiste en culparla? ¿Tuvo o tiene desavenencias con ella por cuestiones laborales u otras?

    (El testigo) – Varias veces tuve situaciones discordantes con ella, señor Juez. Para enrostrarle su falta de eficiencia y también para llamar su atención por su conducta personal. Pasaba mucho tiempo aseándose y mirándose en un pequeño espejo que llevaba en su cartera. Lo usaba para mirar disimuladamente a toda persona que ingresaba al local, tal como un espejo retrovisor. Además, señor Juez, ella era la única persona autorizada a ingresar a la oficina del señor Gerente, ¡sin previo aviso!.

    (El juez) – Por favor, señor García Martínez. Acláreme. ¿Dijo usted que la Secretaria era la única persona que podía ingresar al lugar del homicidio, sin anunciarse?

    (El testigo) – Así es, señor Juez. Bueno, yo también podía ingresar a la oficina, pero antes debía anunciarme...ella. Ese día le llevé el café que pidió el señor Gerente, porque la secretaria estaba “ocupada”...arreglándose las uñas.

    (El juez) - ¿Había notado usted alguna relación digamos...extra-laboral, entre ellos?

    (El testigo) – Yo no diría eso exactamente. Pero noté que existía cierta camaradería o complicidad entre ellos. O quizá, que compartían algún “secretito”...

    (El juez, carraspeó) – Hum! ¿Podría ampliar al respecto?

    (El testigo) – Cierto día, la secretaria salió de su despacho muy contenta. Fue el día de su cumpleaños, según consta en la ficha personal. Yo la observaba desde mi escritorio a través del cristal separador, cuando abrió una pequeña caja y con cara de felicidad extrajo unos pendientes dorados o de oro, que inmediatamente se los colocó. Luego sacó el espejito de su cartera y comprobó, complacida, cómo le quedaban.
    (El juez) – Bueno, señor García Martínez. Esa es una situación normal entre un gerente y su secretaria...No veo la razón para acusarla a ella como autora del crimen por ese motivo.
    (El testigo) – Espere, señor Juez. Ocurre que ese mismo día era el cumpleaños de la esposa del señor Gerente. Recuerde que antes de que ella empiece a trabajar, era yo el secretario administrativo de la empresa y aún conservo un archivo con su fecha de nacimiento...
    El señor Juez hizo un largo silencio. Tras una pausa, que duró una eternidad sentenció:
    (El juez) – Señor García Martínez, tengo pruebas para acreditar en su contra: dónde y cuando compró el veneno que le puso al café del occiso, según consta en el informe del laboratorio forense. Considero, que usted es el asesino. Sólo usted pudo agregarle un veneno al café. Don García Martínez: irá a prisión por falso testimonio y homicidio en primer grado, con las accesorias que le correspondan por tramitarlo con premeditación y alevosía. Sepa usted que la secretaria, era la esposa del Gerente  (hoy su viuda), y que sólo fue tomada en el empleo porque ya se sospechaba que usted tramaba asesinarlo. No pudimos evitarlo, lamentablemente. La audiencia del juicio será programada para el lunes 15 a las 9. Se levanta la sesión. Policías: llévenselo.-
    Atilio R. Gómez – Julio de 2007  ®
     

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